La rareza más grande del béisbol moderno se desarrolló en el octavo inning del jueves por la noche en Citizens Bank Park. Kyle Schwarber, quien minutos antes había pulverizado su cuarto jonrón del juego contra Atlanta, se encontraba frente a un lanzador que le arrojaba una bola a 57 mph. Vidal Bruján, un infielder convertido en pitcher de emergencia, era el último obstáculo entre Schwarber y la historia absoluta: un quinto jonrón, algo nunca visto en las Grandes Ligas.
El estadio, en éxtasis, esperaba el milagro. Y falló. Falló de la manera más humana posible, conectando un elevado al left. “Soy malísimo contra los jugadores de posición”, admitiría después del juego con una sonrisa que encapsulaba la noche perfectamente imperfecta.
Esta escena, tan absurda como reveladora, es el microcosmos de la candidatura MVP de Kyle Schwarber. El hombre capaz de dominar a los pitchers más temibles fue vulnerable ante lo ordinario. El slugger que acaba de unirse a sólo 20 hombres en la historia de las mayores con 4 jonrones en un juego—y el cuarto de los Filis en hacerlo, junto a Schmidt, Klein y Delahanty— sigue siendo juzgado por lo que no puede hacer: jugar a la defensiva.
El sonido que resuena más allá de los números
Schwarber no solo conectó cuatro jonrones: los diseccionó. Un solitario de 450 pies al segundo nivel del jardín derecho en la primera entrada. Un jonrón de dos carreras por la línea misma en la tercera. Un bambinazo de tres carreras al campo contrario en la quinta. Y el cuarto, otro de tres carreras en la séptima, esta vez ante el relevista Wander Suero. Nueve carreras impulsadas, un récord de la franquicia. Fue una exhibición de poder puro y calculado, la culminación de una temporada que redefine su carrera: .956 OPS, 49 jonrones, 119 impulsadas.
Pero cada uno de esos cuadrangulares resonó con un eco que va más allá del cuadrangular. Son el argumento más contundente en el debate más antiguo del béisbol moderno: ¿Puede un bateador designado ser el Jugador Más Valioso?
La historia sugiere que no. Solo un DH de tiempo completo ha ganado el MVP, y Shohei Ohtani necesitó hacer lo imposible—una temporada 50-50— para romper la barrera el año pasado. David Ortiz, el DH más dominante de su era, nunca lo logró. En 2006, bateó 54 jonrones con 137 impulsadas y terminó tercero. Edgar Martínez, en su año histórico de 1995 (.356, 52 dobles, 1.107 OPS), terminó tercero también, detrás de Mo Vaughn.
“Creo que un bateador designado debería poder ganar”, declaró Martínez una vez. Esa ha sido una de las controversias que traído criterios compartidos durante décadas. “Si un lanzador que lanza cada cinco días puede ser el Jugador Más Valioso, ¿por qué no un bateador designado que juega todos los días?”.
Schwarber enfrenta este prejuicio histórico con números irrefutables y una cualidad intangible. “Ha sido nuestro hombre todo el año”, dijo Bryce Harper, quien desde el círculo de espera tiene el mejor asiento para ver cómo el swing de Schwarber no para de crujir pelotas. “Ha estado dando la talla en cualquier situación”. Su manager, Rob Thomson, quien vio a Ortiz atormentar a sus Yankees durante una década, ve paralelos: “Durante años, nos enfrentamos a David Ortiz, y siempre dije que era candidato a MVP. No sé dónde estaríamos sin Schwarber”.
El ajuste clave para ascender a otro nivel
Lo que hace la temporada de Schwarber aún más convincente es su evolución. El mismo hombre que luchó al inicio de su carrera contra pitchers zurdos, ahora lidera a todos los bateadores zurdos con 17 jonrones contra zurdos, incluyendo 11 contra relevistas zurdos—la mayor cantidad desde Barry Bonds en 2002. Es una mejora técnica que habla de su dedicación, transformando una debilidad en un arma letal.
Además, su valor se ha multiplicado en la adversidad. Cuando Harper perdió tres semanas en julio por una lesión en la muñeca, Schwarber cargó la ofensiva con seis jonrones y un OPS de .856, manteniendo a los Filis a flote sin su estrella. “Muchas veces este año nos ha puesto sobre sus hombros”, reconoce Thomson.
Sin embargo, persiste la pregunta incómoda: ¿Será suficiente? Trea Turner, su propio compañero y candidato, lo expresa mejor: “Siento que cada año cambian la forma de hablar del MVP para que encaje con cualquier narrativa”. La narrativa este año podría favorecer a jugadores bidireccionales como Ohtani o a defensores brillantes. Schwarber, como Ortiz y Martínez antes que él, es un maestro de solo una disciplina.
Pero quizás esta noche, con cuatro pelotas disparadas hacia los confines de Citizens Bank Park, haya cambiado algo. No solo se unió a la lista más exclusiva, sino que su hazaña ocurrió en el calor de una carrera divisional, impulsando a su equipo a una victoria de 19-5 sobre su rival directo. Fueron jonrones con consecuencia, no fuego artificial vacío.
Para la historia, la imagen perdurable no será el quinto jonrón que no fue, sino el cuarto que sí fue. Y la sonrisa de Schwarber al admitir su desliz frente a un jugador de posición. Esa combinación de poder y vulnerabilidad humana es, al final, lo que lo hace invaluable. El premio MVP puede eludirlo, como eludió a otros grandes bateadores designados. Pero en una noche de agosto, Kyle Schwarber no solo bateó cuatro jonrones: bateó un agujero en la forma en que medimos el valor. Y eso, tal vez, sea más valioso que cualquier trofeo.
La victoria más allá de ser candidato al MVP
La conversación del MVP es, en el fondo, una conversación sobre narrativas. ¿Qué historia queremos contar? ¿La del fenómeno bidireccional como Ohtani? ¿La del shortstop brillante y veloz como Turner? ¿O la del hombre que se presenta en la caja de bateo y, con un swing que altera la física del estadio, provee la respuesta más simple y contundente a la pregunta más compleja del béisbol: cómo ganar un juego?
Kyle Schwarber, en una noche de cuatro jonrones, dio la respuesta cuatro veces. Lo ha estado dando toda la temporada. El sonido que inunda el Citizens Bank Park no es solo un cántico. Es un argumento. Es el sonido de un valor tan evidente, tan resonante, que quizás, solo quizás, sea lo suficientemente fuerte como para quebrar, de una vez por todas, un viejo prejuicio.
Él puede que no gane el premio. Pero en Filadelfia, y en el corazón de cualquier persona a la que le guste ver cómo las pelotas vuelan y los dogmas se derrumban, ya lo ha hecho.

