En 1984, Marge Schott compró el control de los Rojos de Cincinnati por unos 11 millones de dólares. Quince años después, en 1999, vendió la franquicia por 67 millones. Hoy, según Forbes, el equipo vale 1,600 millones. Números que cuentan una historia de negocio. Pero la de Schott es también la historia de lo que pasa cuando el dueño deja de ser invisible y se convierte en el centro del problema.
La multa y la suspensión
A mediados de los años noventa, Marge Schott fue multada con 250,000 dólares por la Major League Baseball. La liga también la apartó de las operaciones diarias del equipo. No fue por decisiones deportivas fallidas ni por un presupuesto insuficiente. Fue por declaraciones y conductas que la MLB consideró inaceptables para alguien en su posición.
La suspensión marcó un punto de quiebre. Los dueños de equipos de Grandes Ligas son figuras públicas, sí, pero la mayoría logra mantener cierta distancia entre su vida privada y la franquicia. Schott no. Sus palabras se convirtieron en el tema principal alrededor de los Rojos de Cincinnati, eclipsando cualquier conversación sobre el campo de juego.
Cuando un dueño llega a ese punto —cuando su nombre genera más controversia que su equipo—, la liga interviene. No porque sea perfecta en sus decisiones, sino porque el negocio del beisbol depende de que los aficionados entren al estadio sin sentir que están financiando algo que va contra sus valores.
El estadio que dejó de llevar su nombre
En junio de 2020, la Universidad de Cincinnati retiró el nombre de Marge Schott del estadio de beisbol tras la petición de sus propios jugadores. No fue una decisión de la MLB. Fue una institución educativa que decidió que el legado de Schott no era compatible con lo que querían representar.
Eso es relevante porque muestra cómo el daño reputacional se extiende más allá de la franquicia. Cuando un dueño genera rechazo, afecta a todos los que se asocian con él: el equipo, la ciudad, las instituciones que lo respaldan.
Por qué importa en 2026
El caso de Marge Schott sigue siendo un referente porque establece un límite. Los dueños de los Rojos de Cincinnati, como Phil Castellini en la actualidad, operan en un contexto donde la afición y las instituciones ya aprendieron que tienen voz. No es nostalgia. Es precedente.
Hoy, cuando un dueño hace una declaración cuestionable o toma una decisión impopular, los aficionados tienen herramientas para hacerla visible. Las redes sociales no existían en los años noventa. El retiro del nombre de Schott del estadio universitario ocurrió en 2020, cuando la conversación pública se movía a velocidad de red social.
El negocio del beisbol sigue siendo eso: un negocio. Los dueños invierten millones esperando que crezca el valor de su franquicia. Marge Schott lo hizo. Pero también aprendió —y la liga aprendió con ella— que el valor de un equipo no se mide solo en números. Se mide también en lo que el dueño está dispuesto a tolerar sobre sí mismo y en lo que la comunidad está dispuesta a aceptar.
Schott vendió los Rojos de Cincinnati hace casi tres décadas. Pero su nombre sigue siendo un punto de referencia cada vez que alguien pregunta qué tan lejos puede llegar un dueño antes de que la liga tenga que intervenir. La respuesta ya está documentada: hasta el punto en que el equipo deja de ser lo importante y el dueño se convierte en la noticia.
El dato: Marge Schott compró los Rojos de Cincinnati en 1984 por 11 millones de dólares, los vendió en 1999 por 67 millones, fue multada con 250,000 dólares y apartada de operaciones, y en 2020 su nombre fue retirado del estadio universitario.
Datos de propiedad verificados al 2026-08-12.

